2 de julio de 2009

Fonética

Este tema tampoco es nada complicado, pero sí que requiere algo más de atención y cuidado a la hora de hablar, lo que puede costar un poco a ciertas personas. Se trata de la pronunciación errónea de los sonidos que nos señalan las letras. Tampoco entiendo muy bien por qué se cometen este tipo de fallos, pero puedo entenderlo mejor que el caso anterior, ya que existen diferentes pronunciaciones y variaciones según las regiones. La clave del asunto es que solo porque se pronuncien de otras maneras en otras zonas, desde hace mucho tiempo, no quiere decir que sean correctas. Existen unas normas de fonética, aunque muchísima gente esté completamente convencida de que no existen tales reglas. A continuación, explico el sonido adecuado (en español) que corresponde a cada letra en cada situación, por orden alfabético. No están todas, únicamente las más importantes y frecuentes: hay algunas que están tan extendidas (como y en vez de ll, fenómeno conocido como yeísmo) que ya pocas personas saben cómo deben pronunciarse, y otras que son prácticamente exclusivas de algunas regiones. Allá voy, pues; no son nada difíciles:

d
Esta letra siempre se pronuncia /d/, se encuentre a final de palabra o no. No hay razones para prounciarla como si fuese una z o una t; aunque es preferible el sonido /t/ que /z/ por su mayor proximidad o parecido con el adecuado. Todos sabemos más o menos que pronunciarla como la z se acostumbra a hacer básicamente en Madrid y alrededores, y como la t en Cataluña, pero este vicio con la -d a final de palabra puede oírse también a hablantes de otros lugares.

n
¿Que no sabes cuál es el problema con la n? Hay que prestar un poco de atención para detectarlo con oídos inexpertos o desinteresados, pero su pronunciación cambia muchísimo la fonética de las palabras. Resulta que hay muchas personas que velarizan este sonido, por decirlo de alguna manera; agregan una g después de la n cuando esta letra se encuentra al final de las palabras. Es como si hablasen usando demasiado, o de manera inadecuada, la famosa úvula o campanilla. Es un vicio o defecto que, curiosa y lamentablemente, suelen cometer mucho los locutores de televisión (anuncios, documentales...) y algunos actores, aunque también demasiadas personas que no utilizan su voz profesionalmente. Como cualquiera con algo de sentido común puede entender, este vicio hace sonar bastante mal las palabras y frases del hablante. Es realmente desagradable. Así pues, cajón no se pronuncia *[kajóng], sino [kajón]; redacción no se pronuncia *[rredakzióng], sino [rredakzión], monstruo no se pronuncia *[móngstro] ni *[móngstruo], sino [mónstruo]... Recordemos que estoy hablando de la lengua española, no de la gallega, en la cual parece que suele pronunciarse, por alguna razón, velarizada.

s
En español no hay mucho problema —dejando a un lado que demasiadas veces, regionalmente, no se pronuncia— con la s, pero sí lo hay al pronunciar adecuadamente términos de otras lenguas, como la inglesa, cuando se encuentra al comienzo de palabra, especialmente si va delante de consonante. No estoy diciendo que deba obligatoriamente pronunciarse a la perfección, sin saber, toda la palabra: se trata, simplemente, de no inventarse sonidos que no existen en su contexto original. Únicamente debería hacerse cuando la palabra ya esté castellanizada o españolizada completamente (como estrés, escáner...), ya que se hace para facilitar la pronunciación rápida y fluida y adaptarla a nuestra lengua —que tiene sus características propias—, pero si no lo está, no hay motivo justificable para hacerlo. ¡Que no es tan difícil omitir esa e inexistente, hombre! ¿O sí?... Sin embargo, puede comprenderse que si una persona no sabe más idiomas que el español, puede resultarle muy difícil pronunciar debidamente vocablos extranjeros, así que si lamentablemente te resulta imposible física y mentalmente no pronunciarla aunque no exista —lo que suele ocurrir más comprensible y frecuentemente cuando antes de la s hay otra s (p. ej., los stops)—, hazlo, pero únicamente cuando vaya delante de consonante y nunca, bajo ningún concepto, si después va una vocal (aclaro aquí y más abajo: la w es vocal en inglés, y se pronuncia /u/). Así pues, no es recomendable decir *estop, sino stop; jamás debe decirse *esword, sino sword (‘espada’)...

sh
Esta secuencia de letras está presente en la lengua española, pero de manera muy diferente a la de la lengua inglesa, y evidentemente su pronunciación también es diferente; confundirlas y simplificar la forma extranjera hasta convertirla en el sonido /s/ personalmente considero que no es nada adecuado ni recomendable. Lamentablemente ocurre demasiado frecuentemente por la increíble ignorancia lingüística —y de otras índoles— que caracteriza a la mayoría de la sociedad; este sonido, como no es natural en la lengua española, muchos no saben pronunciarlo, y lo peor es que ni se interesan en aprender... Si lo hicieran, descubrirían que es asombrosamente fácil; no moriría nadie por incorporar este sonido a nuestro repertorio fonético del español. Lo que toda persona que se precie debería saber es que esa h en vocablos foráneos (extranjerismos) modifica el sonido del dígrafo; es una manera de expresar que ambas letras juntas deben pronunciarse de una manera especial. La hache no es siempre muda, como suele creerse, y mucho menos en otras lenguas. La hace no está de adorno o porque sí en ninguna lengua. En inglés casi nada se pronuncia tal como se escribe: como digo, esa h junto a la s no está ahí para adornar. Así pues, pronunciar este conjunto como una s sola o cualquier otro sonido que no sea /sh/ carece, en muchos casos, de razón y justificación. Para empezar, el sonido /sh/ es muy fácil de hacer: la secuencia sh es un dígrafo con el que se representa gráficamente el fonema prepalatal fricativo sordo /sh/ (similar al sonido que emitimos cuando queremos imponer silencio). Está comprobado: dejar pasar un poco más aire entre los dientes con la ayuda de la lengua no produce dolor; así pues, no hay excusa. Es un vicio que se da demasiado; hasta la mayoría de los profesionales que dependen de la voz (locutores, actores...) lo tienen. Una cosa es adaptar o españolizar adecuadamente vocablos extranjeros por necesidad, y otra muy distinta pronunciarlos como nos viene en gana. Así pues, deshonrar se pronuncia [desonrrár], pero flash se pronuncia [flash], etcétera En bastantes adaptaciones de vocablos extranjeros la secuencia sh se convierte en ch (por ejemplo, champú, de shampoo); el sonido /sh/ está a medio camino de ch y s. No obstante, esto puede ser ridículo aplicarlo a algunos términos concretos, por lo que sería conveniente, como he dicho, que todos los hispanohablantes supieran pronunciar este conjunto de letras confluyentes. Ningún conocimiento está de más, sino todo lo contrario.

v
Con la v no suele haber ningún problema, pero tampoco se libra de la confusión, como no podía ser de otra manera. Algunos —por fortuna muy pocos— creen que en español se pronuncia de manera diferente a la b, y no es así; creo conveniente aclararlo. Lo que copio a continuación es lo que se dice al respecto en la Ortografía de la lengua española de 2010:

No existe en español ninguna diferencia de pronunciación de las letras b y v, ya que las dos representan el sonido bilabial sonoro /b/. La articulación de v como labiodental no es propia del español, y solo se da de forma espontánea en hablantes valencianos o mallorquines y en los de algunas zonas del sur de Cataluña, cuando hablan castellano, por influencia de su lengua regional. También se da espontáneamente en algunos puntos de América por influjo de lenguas amerindias. En el resto de los casos, es un error que cometen algunas personas por un equivocado prurito de corrección, basado en recomendaciones del pasado, pues, aunque ya en el primer diccionario academémico, el Diccionario de autoridades (1726-1739), se reconoce que «los españoles no hacemos distinción en la pronunciación de estas dos letras», varias ediciones de la Ortografía y de la Gramática académicas de los siglos XVIII, XIX y principios del XX describieron, e incluso recomendaron, la pronunciación de la v como labiodental. Se creyó entonces conveniente distinguirla de la b, como ocurría en varias de las grandes lenguas europeas, entre ellas el francés y el inglés, de tan notable influjo en esas épocas; pero ya desde la Gramática de 1911 se dejó de recomendar esa distinción. En resumen, la pronunciación correcta de la letra v en español es idéntica a la de la b, por lo que no existe oralmente ninguna diferencia en nuestro idioma entre palabras como baca y vaca, bello y vello, acerbo y acervo.

w
Su nombre es uve doble. No existía en latín, y entró en el español por la vía del préstamo y solo se emplea en la escritura de voces procedentes de otras lenguas, en las que puede representar, según los casos, dos fonemas distintos: el vocálico /u/ y el consonántico /b/. Así pues, debe tenerse siempre en cuenta el origen de la palabra antes de pronunciarla, o incluso adaptarla al español, para hacerlo correctamente. En un principio se tendió a adaptar con v los préstamos del inglés que presentaban una w en su grafía originaria, pero ese procedimiento se consideró, pronto —aunque no lo suficiente—, indebido e inapropiado. Lo adecuado y correcto es, como ya he mencionado, considerar el origen del vocablo en cuestión: si procede del inglés, siempre será /u/ (vocal); si procede del alemán, siempre será /b/ (consonante).

x
También está bastante bien su definición en el DRAE —aunque ligeramente anticuada—, pero contiene una afirmación que es extremadamente importante que explique y aclare:

Vigesimaséptima letra del abecedario español, y vigesimacuarta del orden latino internacional, que representa un sonido consonántico doble, compuesto de k, o de g sonora, y de s, p. ej., en axioma, exento, que ante consonante suele reducirse a s; p. ej., en extremo, exposición. Antiguamente representó también un sonido consonántico simple, fricativo, palatal y sordo, semejante al de la sh inglesa o al de la ch francesa, que hoy conserva en algunos dialectos, como el bable. Este sonido simple se transformó después en fricativo, velar y sordo, como el de la j actual, con la cual se transcribe hoy, salvo excepciones, como en el uso mexicano de México, Oaxaca. Su nombre es equis.

Quiero hacer mención especial a lo que he resaltado con estilo negrita. Simplemente: se hace por pura pereza y total negligencia. Para mí, alguien que dice, por ejemplo, *estremo, o *esposición, no está hablando nada bien. Es de muy mal gusto, muy desagradable. Son equis y hay que pronunciarlas como tales, con su articulación completa: /ks/. Es indiferente que después haya consonante, o haya lo que haya: ¡que no es tan difícil de pronunciar, por el amor de Dios! No creo que sea desmesurado pedir que se pronuncie cada letra como se decidió en su momento. La x (equis, y no *equids ni *equits) se pronuncia normalmente /ks/ (forma recomendada) o, a veces, /gs/. Copio un fragmento de la Ortografía de 2010, página 128:

En España, la x en posición final de sílaba (esto es, seguida de una consonante) también suele articularse, en la pronunciación relajada, como simple /s/. [...] En cambio, en el español de América, así como en la pronunciación culta enfática de España, la x ante consonante suele conservar su articulación característica como /k + s/.

En los casos en los que se encuentra a comienzo de palabra, el asunto cambia: algunos lingüistas afirman, dando algunas razones no del todo convincentes, que en esos casos debe pronunciarse /s/ —y nunca /ks/—; pero otros —entre los cuales me incluyo— somos partidarios de que debe pronunciarse /sh/, incluso aunque ese sonido no exista naturalmente, en principio, en la lengua española. Pero tampoco existían muchas otras cosas que ahora están tan integradas que suele ignorarse que no eran propias de nuestro sistema lingüístico; sin ir más lejos, las letras k y w, que nos sirven muy bien para adaptar términos y expresiones de otras lenguas.

Y por ahora nada más; aunque todavía queda mucha lingüística que explicar, aclarar y divulgar. Sabemos que algo es correcto, adecuado y recomendable por la que probablemente es nuestra capacidad o habilidad más valiosa: la suma de conocimiento, inteligencia y sentido común que supuestamente todo ser humano puede y debe poseer. La lingüística tiene muchas normas, convenciones, variaciones, excepciones, etc., que se multiplican y diversifican a lo largo de la historia de la humanidad, pero sabemos —o deberíamos saber— cuándo una expresión, término, pronunciación, convención, etc., son correctos porque tienen auténtico sentido, lógica y criterio (y es cuando se producen las normas y convenciones lingüísticas, que aseguran esas características e impiden que se desvanezcan con demasiada facilidad).

1 de julio de 2009

Prefijos: consideraciones vitales

Aquí estoy otra vez. No pensaba escribir durante algún tiempo ningún artículo más sobre lingüística, pero estoy absolutamente harto de ver y oír tantas locuras y abominaciones, así que me he sentido fuertemente impulsado a escribir el tercer artículo sobre lingüística en mi bitácora. Ya sé que voy a conseguir mejorar la situación realmente poco, pero al menos debo intentarlo, y también me ayuda a descargar tensiones expresándome y, por consiguiente, a soportar un poco mejor este tipo de sucesos. De todas maneras, nunca se sabe cuánto puede una sola persona —o un único artículo— cambiar el mundo...

Hoy explicaré de manera muy simple y comprensible cómo se escriben correctamente los prefijos y cómo deben pronunciarse algunas letras según su contexto. Ambos temas no son complicados en absoluto, y sin embargo hay mucha confusión e ignorancia al respecto... Y con los prefijos se hacen verdaderos estropicios y abominaciones que quedan ignominiosamente patentes en la escritura y, en la mayoría de casos, impunes. Los prefijos son elementos afijos, carentes de autonomía, que se anteponen a una base léxica (una palabra o, a veces, una expresión pluriverbal) a la que aportan diversos valores semánticos. Y es que escribir bien los prefijos es tan fácil, simple, lógico y de sentido común que precisamente por eso mismo me da tremenda rabia verlos mal escritos, lo que es tristemente frecuente; es decir, pseudounidos a la palabra principal mediante un guion (lo que carece de toda lógica e inteligencia), o separados de ella por un espacio (lo que solo en unos pocos y muy concretos casos es correcto y aceptable).

En español, como norma general, los prefijos se escriben unidos totalmente al lexema al que modifican, sin ningún signo ni espacio entre ellos.

Esa es la clave, el gran secreto que tan pocos parecen saber. Muy pocas e infrecuentes son las excepciones de la norma, y todas están perfectamente explicadas en la Ortografía de la lengua española de 2010, el Diccionario panhispánico de dudas y en la página de la Real Academia Española, además de mi otro artículo sobre los prefijos, mucho más extenso, didáctico y explicativo.

Por si alguien todavía no sabe qué o cuáles son los prefijos, o por si hay personas con buena actitud leyendo este artículo y quieren aprender más sobre ellos, a continuación expongo una lista de los más frecuentes:

a- (‘privación o negación’): amoral, anormal, apolítico, atípico, anaeróbico.
ante- (‘anterioridad en el espacio o en el tiempo’): antebrazo, anteponer, antepenúltimo, anteayer, anteproyecto.
anti- (‘opuesto’, ‘contrario’, ‘que combate o evita’): anticristo, antipapa, antiabortista, antifascista, anticonstitucional, antimonopolio, anticongelante, anticorrupción, antimafia, antiniebla, antirrobo, antivirus.
archi- (‘superioridad o preeminencia’, ‘sumamente’): archiduque, archidiócesis, archiconocido, archimillonario.
auto- (‘de o por uno mismo’): autopromoción, autorretrato, autocensura, autolesionarse.
co- (‘conjuntamente con otros’): coguionista, coexistir, copresentar, coproducción, copropietario.
contra- (‘posición opuesta o enfrentada’, ‘opuesto o contrario’, ‘reacción en contra’): contraportada, contraorden, contraveneno, contratacar, contraespionaje.
cuasi- (‘casi, no totalmente’): cuasidelito, cuasicerteza, cuasiunanimidad, cuasiautomático, cuasipolicial, cuasiperfecto.
de(s)- (‘negación o carencia’, ‘cesación o acción contraria’): desamor, desempleo, descortés, desobedecer, descoser, de(s)codificar.
dis- (‘negación o contrariedad’): disconforme, discapacitado, disgusto.
entre- (‘en medio o en posición intermedia’, ‘a medias’, ‘entre sí’): entreplanta, entrecerrar, entrechocar, entremezclar(se).
ex- (‘que fue y ya no es’): excombatiente, exjugador, exnovio, exrepresentante, exsecretario.
extra- (‘fuera de’, ‘en grado sumo’): extrauterino, extrarradio, extraterrestre, extramuros, extraordinario, extrafino, extrasuave.
hiper- (‘superioridad o exceso’): hipertensión, hiperrealismo, hiperactivo, hiperventilar.
hipo- (‘inferioridad o escasez’): hipocalórico, hipotenso.
in- (‘privación o negación’): inacción, incertidumbre, incómodo, incapaz, invendible, incumplir, imposible, imbatible, irreal, ilegal.
infra- (‘debajo de o por debajo de’, ‘inferioridad o insuficiencia’): inframundo, infrasonido, infravivienda, infrahumano, infrautilizar, infravalorar.
inter- (‘en medio de o en posición intermedia’, ‘reciprocidad, relación mutua o ámbito común’): interdental, intercambiar, interconectar, interministerial, internacional, interclub(e)s.
intra- (‘dentro o en el interior de’): intramuscular, intravenoso, intramuros.
macro- (‘grande o muy grande’): macroeconomía, macroencuesta, macroconcierto.
maxi- (‘grande o muy grande’): maxifalda, maxipantalla, maxiproceso.
mega- (‘muy grande’): megaempresa, megaestrella, megatienda.
micro- (‘muy pequeño’): microbús, microchip, micropene.
mini- (‘pequeño’): minibar, minifalda, minigolf, miniserie.
neo- (‘nuevo o reciente’): neocatólico, neoclásico, neolector, neoliberalismo, neonazi.
para- (‘similar o paralelo, pero al margen’): paraestatal, paramilitar, paranormal.
pos(t)- (‘posterioridad en el tiempo o, menos frecuentemente, en el espacio’): posguerra, posmoderno, posoperatorio, posparto, posponer, postsoviético.
pre- (‘anterioridad en el espacio o en el tiempo’): premolar, prepalatal, prebélico, precampaña, precontrato, prejubilar(se), prematrimonial, premamá, Prepirineo.
pro- (‘por o en vez de’, ‘a o en favor de’, ‘hacia delante’): procónsul, proaborto, proamnistía, probiótico, progubernamental, pronuclear, prorruso, provida, proactivo.
(p)seudo- (‘falso’): (p)seudoproblema, (s)seudoprofeta, (p)seudocientífico.
re- (‘detrás de’, ‘hacia atrás’, ‘acción repetida’, ‘intensificación’): recámara, refluir, recolocar, rehaer, requemar, recalentamiento, relisto.
retro- (‘hacia atrás’): retropropulsión, retrovisor, retroactivo, retroalimentar(se).
semi- (‘medio’, ‘a medias o no del todo’): semicírculo, semitono, semidiós, semidesnudo, semirrígido, semisótano.
sobre- (‘encima de o por encima de’, ‘en grado sumo o en exceso’): sobrepuesto, sobrevolar, sobrecargar, sobrexcitar(se), sobrealimentado.
sub- (‘debajo de o por debajo de’, ‘insuficientemente’): subsistema, subsuelo, subbloque, subtropical, subarrendar, subdirector, subdesarrollo, subalimentado.
super- (‘encima de o por encima de’, ‘superioridad o excelencia’, ‘en grado sumo o en exceso’): superíndice, superponer, superintendente, superhombre, superordenador, superpotencia, superpoderes, superatractivo, superrápido, superbién, superfino, superdotado, superpoblación.
supra- (‘encima de o por encima de’): suprarrenal, supranacional.
tele- (‘a distancia’): telebanco, telecomunicación, teledirigir, telemando.
tra(n)s- (‘detrás de’, ‘al otro lado de’ o ‘a través de’): trastienda, tra(n)sandino, tra(n)siberiano, tran(s)nacional.
ultra- (‘más allá de’, ‘extremadamente’): ultratumba, ultramar, ultrasonido, ultracorrección, ultraconservador, ultraligero, ultrasensible, ultracongelar.
vice- (‘en vez de o que hace las veces de’): vicedirector, vicerrector, vicepresidente.

Alguien en su sano juicio no escribiría jamás una estupidez como *i-legal; ¿por qué, sin embargo, pueden verse demasiado frecuentemente aberraciones como *co-productor? Es que mira que son ganas de complicar las cosas y de no hacerlas bien... Y lo peor, si cabe, es que en demasiados casos estas aberraciones y abominaciones se cometen en textos que se publican y que leerán muchas personas; por ejemplo, en los anuncios y etiquetas de las cremas antiarrugas y de cosmética en general, en los enjuagues bucales (anticaries, antiplaca, etc.), desodorantes (antimanchas, antiolor, antisudoración, etc.); en los créditos de audiovisuales como películas y series españolas (codirector, coproductor, posproducción, etc.) e incluso en algunos libros. La desidia en su forma más primigenia, evidente y abominable...

Esta obsesión por el guion es muy probable que se vea influida —aparte de por la ignorancia más profunda y evidente— por haberlo visto junto a prefijos en numerosos casos en textos en inglés (y también en portugués, francés y otras lenguas, pero la inglesa, como todos sabemos, es la que predomina actualmente, podríamos decir); es vital recordar que el inglés y el español son dos idiomas distintos y diferentes (aunque su origen sea el mismo; el origen de todo es el mismo y a pesar de esa inexorable relación hay mucha variedad...). Han ido cambiando con el tiempo, y a cada uno se le otorga sus normas y sus características, y sus usuarios tienen su manera particular de comprender las cosas. De todas formas, incluso en el inglés, que por gran desgracia no hay una entidad reguladora absoluta —como la Real Academia Española para la lengua española—, sino que hay varios organismos dando sus más o menos estúpidas opiniones, suele preferirse, cada vez más, soldar los prefijos a las palabras, prescindir del guion, a no ser que se cumplan ciertos requisitos (como digo, ellos tienen sus propias «necesidades» o puntos de vista lingüísticos).

Es de puro sentido común; los prefijos por sí mismos no sirven de gran cosa; no son palabras ni tienen un significado completo: son, como su propio nombre indica, para colocar delante, ¡así que no tiene sentido escribirlos separados de las palabras o, en un intento estúpido, absurdo e incorrecto, juntarlos mediante guiones cuando no toca! Cometer tales errores es demostrar con toda evidencia que no se entiende ni se conoce suficientemente la lengua ni ninguno sus componentes, y que además no hay ni interés por conocerla, que es la raíz de todos los problemas lingüísticos. Hoy más que nunca es intolerable, prácticamente un crimen, no conocer —ni querer conocer— el código con el que más nos comunicamos, ya que disponemos de bastantes obras dedicadas a su estudio, algunas de ellas gratuitamente, como las que tiene la Real Academia Española en línea; por consiguiente, no hay excusa aceptable: es, simple y llanamente, pasión por la ignorancia, culto de la necedad, la desidia más enorme...

En definitiva: no es comprensible por qué tanta gente tiene esa manía visceral, con lo simple que es; más fácil y obvio, ¡imposible! No hay que estudiar una carrera para no errar de esta manera, ni es necesario saber mucho de lingüística; solamente es imprescindible saber que no hay que colocar guion ni ningún otro signo —incluido el espacio— entre el prefijo y la palabra, salvo en casos en los que se den estas excepciones que digo, que sabemos que son muy infrecuentes y que tampoco se va a morir nadie por saber cuáles son... En fin, debe de ser que les gusta colocar guiones en todas partes, o que se consideran personas muy rebeldes y libres (pobrecitos...); aunque la innegable verdad es que son unos completos necios (‘ignorantes y que no saben lo que podían o debían saber’)... ¿Tanto cuesta escribir bien? A mí no me cuesta nada en absoluto; es más, me da mucha satisfacción y felicidad. Hasta deberían recetar conocer muy bien la lingüística en todas las escuelas, institutos y hospitales como terapia básica y primera para curar muchos males, tanto personales como colectivos (entre ellos la abismal y pegajosa ignorancia que reina en la sociedad todavía hoy).

Véase también

Prefijos: normas y excepciones