2 de julio de 2009

Fonética

Este tema tampoco es nada complicado, pero sí que requiere algo más de atención y cuidado a la hora de hablar, lo que puede costar un poco a ciertas personas. Se trata de la pronunciación errónea de los sonidos que nos señalan las letras. Tampoco entiendo muy bien por qué se cometen este tipo de fallos, pero puedo entenderlo mejor que el caso anterior, ya que existen diferentes pronunciaciones y variaciones según las regiones. La clave del asunto es que solo porque se pronuncien de otras maneras en otras zonas, desde hace mucho tiempo, no quiere decir que sean correctas. Existen unas normas de fonética, aunque muchísima gente esté completamente convencida de que no existen tales reglas. A continuación, explico el sonido adecuado (en español) que corresponde a cada letra en cada situación, por orden alfabético. No están todas, únicamente las más importantes y frecuentes: hay algunas que están tan extendidas (como y en vez de ll, fenómeno conocido como yeísmo) que ya pocas personas saben cómo deben pronunciarse, y otras que son prácticamente exclusivas de algunas regiones. Allá voy, pues; no son nada difíciles:

d
Esta letra siempre se pronuncia /d/, se encuentre a final de palabra o no. No hay razones para prounciarla como si fuese una z o una t; aunque es preferible el sonido /t/ que /z/ por su mayor proximidad o parecido con el adecuado. Todos sabemos más o menos que pronunciarla como la z se acostumbra a hacer básicamente en Madrid y alrededores, y como la t en Cataluña, pero este vicio con la -d a final de palabra puede oírse también a hablantes de otros lugares.

n
¿Que no sabes cuál es el problema con la n? Hay que prestar un poco de atención para detectarlo con oídos inexpertos o desinteresados, pero su pronunciación cambia muchísimo la fonética de las palabras. Resulta que hay muchas personas que velarizan este sonido, por decirlo de alguna manera; agregan una g después de la n cuando esta letra se encuentra al final de las palabras. Es como si hablasen usando demasiado, o de manera inadecuada, la famosa úvula o campanilla. Es un vicio o defecto que, curiosa y lamentablemente, suelen cometer mucho los locutores de televisión (anuncios, documentales...) y algunos actores, aunque también demasiadas personas que no utilizan su voz profesionalmente. Como cualquiera con algo de sentido común puede entender, este vicio hace sonar bastante mal las palabras y frases del hablante. Es realmente desagradable. Así pues, cajón no se pronuncia *[kajóng], sino [kajón]; redacción no se pronuncia *[rredakzióng], sino [rredakzión], monstruo no se pronuncia *[móngstro] ni *[móngstruo], sino [mónstruo]... Recordemos que estoy hablando de la lengua española, no de la gallega, en la cual parece que suele pronunciarse, por alguna razón, velarizada.

s
En español no hay mucho problema —dejando a un lado que demasiadas veces, regionalmente, no se pronuncia— con la s, pero sí lo hay al pronunciar adecuadamente términos de otras lenguas, como la inglesa, cuando se encuentra al comienzo de palabra, especialmente si va delante de consonante. No estoy diciendo que deba obligatoriamente pronunciarse a la perfección, sin saber, toda la palabra: se trata, simplemente, de no inventarse sonidos que no existen en su contexto original. Únicamente debería hacerse cuando la palabra ya esté castellanizada o españolizada completamente (como estrés, escáner...), ya que se hace para facilitar la pronunciación rápida y fluida y adaptarla a nuestra lengua —que tiene sus características propias—, pero si no lo está, no hay motivo justificable para hacerlo. ¡Que no es tan difícil omitir esa e inexistente, hombre! ¿O sí?... Sin embargo, puede comprenderse que si una persona no sabe más idiomas que el español, puede resultarle muy difícil pronunciar debidamente vocablos extranjeros, así que si lamentablemente te resulta imposible física y mentalmente no pronunciarla aunque no exista —lo que suele ocurrir más comprensible y frecuentemente cuando antes de la s hay otra s (p. ej., los stops)—, hazlo, pero únicamente cuando vaya delante de consonante y nunca, bajo ningún concepto, si después va una vocal (aclaro aquí y más abajo: la w es vocal en inglés, y se pronuncia /u/). Así pues, no es recomendable decir *estop, sino stop; jamás debe decirse *esword, sino sword (‘espada’)...

sh
Esta secuencia de letras está presente en la lengua española, pero de manera muy diferente a la de la lengua inglesa, y evidentemente su pronunciación también es diferente; confundirlas y simplificar la forma extranjera hasta convertirla en el sonido /s/ personalmente considero que no es nada adecuado ni recomendable. Lamentablemente ocurre demasiado frecuentemente por la increíble ignorancia lingüística —y de otras índoles— que caracteriza a la mayoría de la sociedad; este sonido, como no es natural en la lengua española, muchos no saben pronunciarlo, y lo peor es que ni se interesan en aprender... Si lo hicieran, descubrirían que es asombrosamente fácil; no moriría nadie por incorporar este sonido a nuestro repertorio fonético del español. Lo que toda persona que se precie debería saber es que esa h en vocablos foráneos (extranjerismos) modifica el sonido del dígrafo; es una manera de expresar que ambas letras juntas deben pronunciarse de una manera especial. La hache no es siempre muda, como suele creerse, y mucho menos en otras lenguas. La hace no está de adorno o porque sí en ninguna lengua. En inglés casi nada se pronuncia tal como se escribe: como digo, esa h junto a la s no está ahí para adornar. Así pues, pronunciar este conjunto como una s sola o cualquier otro sonido que no sea /sh/ carece, en muchos casos, de razón y justificación. Para empezar, el sonido /sh/ es muy fácil de hacer: la secuencia sh es un dígrafo con el que se representa gráficamente el fonema prepalatal fricativo sordo /sh/ (similar al sonido que emitimos cuando queremos imponer silencio). Está comprobado: dejar pasar un poco más aire entre los dientes con la ayuda de la lengua no produce dolor; así pues, no hay excusa. Es un vicio que se da demasiado; hasta la mayoría de los profesionales que dependen de la voz (locutores, actores...) lo tienen. Una cosa es adaptar o españolizar adecuadamente vocablos extranjeros por necesidad, y otra muy distinta pronunciarlos como nos viene en gana. Así pues, deshonrar se pronuncia [desonrrár], pero flash se pronuncia [flash], etcétera En bastantes adaptaciones de vocablos extranjeros la secuencia sh se convierte en ch (por ejemplo, champú, de shampoo); el sonido /sh/ está a medio camino de ch y s. No obstante, esto puede ser ridículo aplicarlo a algunos términos concretos, por lo que sería conveniente, como he dicho, que todos los hispanohablantes supieran pronunciar este conjunto de letras confluyentes. Ningún conocimiento está de más, sino todo lo contrario.

v
Con la v no suele haber ningún problema, pero tampoco se libra de la confusión, como no podía ser de otra manera. Algunos —por fortuna muy pocos— creen que en español se pronuncia de manera diferente a la b, y no es así; creo conveniente aclararlo. Lo que copio a continuación es lo que se dice al respecto en la Ortografía de la lengua española de 2010:

No existe en español ninguna diferencia de pronunciación de las letras b y v, ya que las dos representan el sonido bilabial sonoro /b/. La articulación de v como labiodental no es propia del español, y solo se da de forma espontánea en hablantes valencianos o mallorquines y en los de algunas zonas del sur de Cataluña, cuando hablan castellano, por influencia de su lengua regional. También se da espontáneamente en algunos puntos de América por influjo de lenguas amerindias. En el resto de los casos, es un error que cometen algunas personas por un equivocado prurito de corrección, basado en recomendaciones del pasado, pues, aunque ya en el primer diccionario academémico, el Diccionario de autoridades (1726-1739), se reconoce que «los españoles no hacemos distinción en la pronunciación de estas dos letras», varias ediciones de la Ortografía y de la Gramática académicas de los siglos XVIII, XIX y principios del XX describieron, e incluso recomendaron, la pronunciación de la v como labiodental. Se creyó entonces conveniente distinguirla de la b, como ocurría en varias de las grandes lenguas europeas, entre ellas el francés y el inglés, de tan notable influjo en esas épocas; pero ya desde la Gramática de 1911 se dejó de recomendar esa distinción. En resumen, la pronunciación correcta de la letra v en español es idéntica a la de la b, por lo que no existe oralmente ninguna diferencia en nuestro idioma entre palabras como baca y vaca, bello y vello, acerbo y acervo.

w
Su nombre es uve doble. No existía en latín, y entró en el español por la vía del préstamo y solo se emplea en la escritura de voces procedentes de otras lenguas, en las que puede representar, según los casos, dos fonemas distintos: el vocálico /u/ y el consonántico /b/. Así pues, debe tenerse siempre en cuenta el origen de la palabra antes de pronunciarla, o incluso adaptarla al español, para hacerlo correctamente. En un principio se tendió a adaptar con v los préstamos del inglés que presentaban una w en su grafía originaria, pero ese procedimiento se consideró, pronto —aunque no lo suficiente—, indebido e inapropiado. Lo adecuado y correcto es, como ya he mencionado, considerar el origen del vocablo en cuestión: si procede del inglés, siempre será /u/ (vocal); si procede del alemán, siempre será /b/ (consonante).

x
También está bastante bien su definición en el DRAE —aunque ligeramente anticuada—, pero contiene una afirmación que es extremadamente importante que explique y aclare:

Vigesimaséptima letra del abecedario español, y vigesimacuarta del orden latino internacional, que representa un sonido consonántico doble, compuesto de k, o de g sonora, y de s, p. ej., en axioma, exento, que ante consonante suele reducirse a s; p. ej., en extremo, exposición. Antiguamente representó también un sonido consonántico simple, fricativo, palatal y sordo, semejante al de la sh inglesa o al de la ch francesa, que hoy conserva en algunos dialectos, como el bable. Este sonido simple se transformó después en fricativo, velar y sordo, como el de la j actual, con la cual se transcribe hoy, salvo excepciones, como en el uso mexicano de México, Oaxaca. Su nombre es equis.

Quiero hacer mención especial a lo que he resaltado con estilo negrita. Simplemente: se hace por pura pereza y total negligencia. Para mí, alguien que dice, por ejemplo, *estremo, o *esposición, no está hablando nada bien. Es de muy mal gusto, muy desagradable. Son equis y hay que pronunciarlas como tales, con su articulación completa: /ks/. Es indiferente que después haya consonante, o haya lo que haya: ¡que no es tan difícil de pronunciar, por el amor de Dios! No creo que sea desmesurado pedir que se pronuncie cada letra como se decidió en su momento. La x (equis, y no *equids ni *equits) se pronuncia normalmente /ks/ (forma recomendada) o, a veces, /gs/. Copio un fragmento de la Ortografía de 2010, página 128:

En España, la x en posición final de sílaba (esto es, seguida de una consonante) también suele articularse, en la pronunciación relajada, como simple /s/. [...] En cambio, en el español de América, así como en la pronunciación culta enfática de España, la x ante consonante suele conservar su articulación característica como /k + s/.

En los casos en los que se encuentra a comienzo de palabra, el asunto cambia: algunos lingüistas afirman, dando algunas razones no del todo convincentes, que en esos casos debe pronunciarse /s/ —y nunca /ks/—; pero otros —entre los cuales me incluyo— somos partidarios de que debe pronunciarse /sh/, incluso aunque ese sonido no exista naturalmente, en principio, en la lengua española. Pero tampoco existían muchas otras cosas que ahora están tan integradas que suele ignorarse que no eran propias de nuestro sistema lingüístico; sin ir más lejos, las letras k y w, que nos sirven muy bien para adaptar términos y expresiones de otras lenguas.

Y por ahora nada más; aunque todavía queda mucha lingüística que explicar, aclarar y divulgar. Sabemos que algo es correcto, adecuado y recomendable por la que probablemente es nuestra capacidad o habilidad más valiosa: la suma de conocimiento, inteligencia y sentido común que supuestamente todo ser humano puede y debe poseer. La lingüística tiene muchas normas, convenciones, variaciones, excepciones, etc., que se multiplican y diversifican a lo largo de la historia de la humanidad, pero sabemos —o deberíamos saber— cuándo una expresión, término, pronunciación, convención, etc., son correctos porque tienen auténtico sentido, lógica y criterio (y es cuando se producen las normas y convenciones lingüísticas, que aseguran esas características e impiden que se desvanezcan con demasiada facilidad).

1 de julio de 2009

Prefijos: consideraciones vitales

Aquí estoy otra vez. No pensaba escribir durante algún tiempo ningún artículo más sobre lingüística, pero estoy absolutamente harto de ver y oír tantas locuras y abominaciones, así que me he sentido fuertemente impulsado a escribir el tercer artículo sobre lingüística en mi bitácora. Ya sé que voy a conseguir mejorar la situación realmente poco, pero al menos debo intentarlo, y también me ayuda a descargar tensiones expresándome y, por consiguiente, a soportar un poco mejor este tipo de sucesos. De todas maneras, nunca se sabe cuánto puede una sola persona —o un único artículo— cambiar el mundo...

Hoy explicaré de manera muy simple y comprensible cómo se escriben correctamente los prefijos y cómo deben pronunciarse algunas letras según su contexto. Ambos temas no son complicados en absoluto, y sin embargo hay mucha confusión e ignorancia al respecto... Y con los prefijos se hacen verdaderos estropicios y abominaciones que quedan ignominiosamente patentes en la escritura y, en la mayoría de casos, impunes. Los prefijos son elementos afijos, carentes de autonomía, que se anteponen a una base léxica (una palabra o, a veces, una expresión pluriverbal) a la que aportan diversos valores semánticos. Y es que escribir bien los prefijos es tan fácil, simple, lógico y de sentido común que precisamente por eso mismo me da tremenda rabia verlos mal escritos, lo que es tristemente frecuente; es decir, pseudounidos a la palabra principal mediante un guion (lo que carece de toda lógica e inteligencia), o separados de ella por un espacio (lo que solo en unos pocos y muy concretos casos es correcto y aceptable).

En español, como norma general, los prefijos se escriben unidos totalmente al lexema al que modifican, sin ningún signo ni espacio entre ellos.

Esa es la clave, el gran secreto que tan pocos parecen saber. Muy pocas e infrecuentes son las excepciones de la norma, y todas están perfectamente explicadas en la Ortografía de la lengua española de 2010, el Diccionario panhispánico de dudas y en la página de la Real Academia Española, además de mi otro artículo sobre los prefijos, mucho más extenso, didáctico y explicativo.

Por si alguien todavía no sabe qué o cuáles son los prefijos, o por si hay personas con buena actitud leyendo este artículo y quieren aprender más sobre ellos, a continuación expongo una lista de los más frecuentes:

a- (‘privación o negación’): amoral, anormal, apolítico, atípico, anaeróbico.
ante- (‘anterioridad en el espacio o en el tiempo’): antebrazo, anteponer, antepenúltimo, anteayer, anteproyecto.
anti- (‘opuesto’, ‘contrario’, ‘que combate o evita’): anticristo, antipapa, antiabortista, antifascista, anticonstitucional, antimonopolio, anticongelante, anticorrupción, antimafia, antiniebla, antirrobo, antivirus.
archi- (‘superioridad o preeminencia’, ‘sumamente’): archiduque, archidiócesis, archiconocido, archimillonario.
auto- (‘de o por uno mismo’): autopromoción, autorretrato, autocensura, autolesionarse.
co- (‘conjuntamente con otros’): coguionista, coexistir, copresentar, coproducción, copropietario.
contra- (‘posición opuesta o enfrentada’, ‘opuesto o contrario’, ‘reacción en contra’): contraportada, contraorden, contraveneno, contratacar, contraespionaje.
cuasi- (‘casi, no totalmente’): cuasidelito, cuasicerteza, cuasiunanimidad, cuasiautomático, cuasipolicial, cuasiperfecto.
de(s)- (‘negación o carencia’, ‘cesación o acción contraria’): desamor, desempleo, descortés, desobedecer, descoser, de(s)codificar.
dis- (‘negación o contrariedad’): disconforme, discapacitado, disgusto.
entre- (‘en medio o en posición intermedia’, ‘a medias’, ‘entre sí’): entreplanta, entrecerrar, entrechocar, entremezclar(se).
ex- (‘que fue y ya no es’): excombatiente, exjugador, exnovio, exrepresentante, exsecretario.
extra- (‘fuera de’, ‘en grado sumo’): extrauterino, extrarradio, extraterrestre, extramuros, extraordinario, extrafino, extrasuave.
hiper- (‘superioridad o exceso’): hipertensión, hiperrealismo, hiperactivo, hiperventilar.
hipo- (‘inferioridad o escasez’): hipocalórico, hipotenso.
in- (‘privación o negación’): inacción, incertidumbre, incómodo, incapaz, invendible, incumplir, imposible, imbatible, irreal, ilegal.
infra- (‘debajo de o por debajo de’, ‘inferioridad o insuficiencia’): inframundo, infrasonido, infravivienda, infrahumano, infrautilizar, infravalorar.
inter- (‘en medio de o en posición intermedia’, ‘reciprocidad, relación mutua o ámbito común’): interdental, intercambiar, interconectar, interministerial, internacional, interclub(e)s.
intra- (‘dentro o en el interior de’): intramuscular, intravenoso, intramuros.
macro- (‘grande o muy grande’): macroeconomía, macroencuesta, macroconcierto.
maxi- (‘grande o muy grande’): maxifalda, maxipantalla, maxiproceso.
mega- (‘muy grande’): megaempresa, megaestrella, megatienda.
micro- (‘muy pequeño’): microbús, microchip, micropene.
mini- (‘pequeño’): minibar, minifalda, minigolf, miniserie.
neo- (‘nuevo o reciente’): neocatólico, neoclásico, neolector, neoliberalismo, neonazi.
para- (‘similar o paralelo, pero al margen’): paraestatal, paramilitar, paranormal.
pos(t)- (‘posterioridad en el tiempo o, menos frecuentemente, en el espacio’): posguerra, posmoderno, posoperatorio, posparto, posponer, postsoviético.
pre- (‘anterioridad en el espacio o en el tiempo’): premolar, prepalatal, prebélico, precampaña, precontrato, prejubilar(se), prematrimonial, premamá, Prepirineo.
pro- (‘por o en vez de’, ‘a o en favor de’, ‘hacia delante’): procónsul, proaborto, proamnistía, probiótico, progubernamental, pronuclear, prorruso, provida, proactivo.
(p)seudo- (‘falso’): (p)seudoproblema, (s)seudoprofeta, (p)seudocientífico.
re- (‘detrás de’, ‘hacia atrás’, ‘acción repetida’, ‘intensificación’): recámara, refluir, recolocar, rehaer, requemar, recalentamiento, relisto.
retro- (‘hacia atrás’): retropropulsión, retrovisor, retroactivo, retroalimentar(se).
semi- (‘medio’, ‘a medias o no del todo’): semicírculo, semitono, semidiós, semidesnudo, semirrígido, semisótano.
sobre- (‘encima de o por encima de’, ‘en grado sumo o en exceso’): sobrepuesto, sobrevolar, sobrecargar, sobrexcitar(se), sobrealimentado.
sub- (‘debajo de o por debajo de’, ‘insuficientemente’): subsistema, subsuelo, subbloque, subtropical, subarrendar, subdirector, subdesarrollo, subalimentado.
super- (‘encima de o por encima de’, ‘superioridad o excelencia’, ‘en grado sumo o en exceso’): superíndice, superponer, superintendente, superhombre, superordenador, superpotencia, superpoderes, superatractivo, superrápido, superbién, superfino, superdotado, superpoblación.
supra- (‘encima de o por encima de’): suprarrenal, supranacional.
tele- (‘a distancia’): telebanco, telecomunicación, teledirigir, telemando.
tra(n)s- (‘detrás de’, ‘al otro lado de’ o ‘a través de’): trastienda, tra(n)sandino, tra(n)siberiano, tran(s)nacional.
ultra- (‘más allá de’, ‘extremadamente’): ultratumba, ultramar, ultrasonido, ultracorrección, ultraconservador, ultraligero, ultrasensible, ultracongelar.
vice- (‘en vez de o que hace las veces de’): vicedirector, vicerrector, vicepresidente.

Alguien en su sano juicio no escribiría jamás una estupidez como *i-legal; ¿por qué, sin embargo, pueden verse demasiado frecuentemente aberraciones como *co-productor? Es que mira que son ganas de complicar las cosas y de no hacerlas bien... Y lo peor, si cabe, es que en demasiados casos estas aberraciones y abominaciones se cometen en textos que se publican y que leerán muchas personas; por ejemplo, en los anuncios y etiquetas de las cremas antiarrugas y de cosmética en general, en los enjuagues bucales (anticaries, antiplaca, etc.), desodorantes (antimanchas, antiolor, antisudoración, etc.); en los créditos de audiovisuales como películas y series españolas (codirector, coproductor, posproducción, etc.) e incluso en algunos libros. La desidia en su forma más primigenia, evidente y abominable...

Esta obsesión por el guion es muy probable que se vea influida —aparte de por la ignorancia más profunda y evidente— por haberlo visto junto a prefijos en numerosos casos en textos en inglés (y también en portugués, francés y otras lenguas, pero la inglesa, como todos sabemos, es la que predomina actualmente, podríamos decir); es vital recordar que el inglés y el español son dos idiomas distintos y diferentes (aunque su origen sea el mismo; el origen de todo es el mismo y a pesar de esa inexorable relación hay mucha variedad...). Han ido cambiando con el tiempo, y a cada uno se le otorga sus normas y sus características, y sus usuarios tienen su manera particular de comprender las cosas. De todas formas, incluso en el inglés, que por gran desgracia no hay una entidad reguladora absoluta —como la Real Academia Española para la lengua española—, sino que hay varios organismos dando sus más o menos estúpidas opiniones, suele preferirse, cada vez más, soldar los prefijos a las palabras, prescindir del guion, a no ser que se cumplan ciertos requisitos (como digo, ellos tienen sus propias «necesidades» o puntos de vista lingüísticos).

Es de puro sentido común; los prefijos por sí mismos no sirven de gran cosa; no son palabras ni tienen un significado completo: son, como su propio nombre indica, para colocar delante, ¡así que no tiene sentido escribirlos separados de las palabras o, en un intento estúpido, absurdo e incorrecto, juntarlos mediante guiones cuando no toca! Cometer tales errores es demostrar con toda evidencia que no se entiende ni se conoce suficientemente la lengua ni ninguno sus componentes, y que además no hay ni interés por conocerla, que es la raíz de todos los problemas lingüísticos. Hoy más que nunca es intolerable, prácticamente un crimen, no conocer —ni querer conocer— el código con el que más nos comunicamos, ya que disponemos de bastantes obras dedicadas a su estudio, algunas de ellas gratuitamente, como las que tiene la Real Academia Española en línea; por consiguiente, no hay excusa aceptable: es, simple y llanamente, pasión por la ignorancia, culto de la necedad, la desidia más enorme...

En definitiva: no es comprensible por qué tanta gente tiene esa manía visceral, con lo simple que es; más fácil y obvio, ¡imposible! No hay que estudiar una carrera para no errar de esta manera, ni es necesario saber mucho de lingüística; solamente es imprescindible saber que no hay que colocar guion ni ningún otro signo —incluido el espacio— entre el prefijo y la palabra, salvo en casos en los que se den estas excepciones que digo, que sabemos que son muy infrecuentes y que tampoco se va a morir nadie por saber cuáles son... En fin, debe de ser que les gusta colocar guiones en todas partes, o que se consideran personas muy rebeldes y libres (pobrecitos...); aunque la innegable verdad es que son unos completos necios (‘ignorantes y que no saben lo que podían o debían saber’)... ¿Tanto cuesta escribir bien? A mí no me cuesta nada en absoluto; es más, me da mucha satisfacción y felicidad. Hasta deberían recetar conocer muy bien la lingüística en todas las escuelas, institutos y hospitales como terapia básica y primera para curar muchos males, tanto personales como colectivos (entre ellos la abismal y pegajosa ignorancia que reina en la sociedad todavía hoy).

Véase también

Prefijos: normas y excepciones

26 de junio de 2009

Laísmo, loísmo y leísmo

Los laísmos, loísmos o leísmos son errores gramaticales flagrantes y extremadamente incoherentes, fruto de la ignorancia más profunda del código lingüístico español, que es a su vez producto de una desidia impropia de un ser humano en condiciones. No solamente obvian todas las normas, sino que ignoran cualquier rastro de razón, coherencia, sentido común o inteligencia, especialmente en algunos casos como el laísmo, típico de las regiones de Castilla, Madrid, etcétera. Lo curioso es que son fácilmente detectables y evitables, y aun así siguen cometiéndose; pero lo más curioso y lamentable de todo es que la mayoría de hablantes no le dan ninguna importancia, o al menos no tanta como es menester.

Como todos deberíamos saber, estos tres vicios se tratan del intercambio arbitrario de los pronombres la, lo y le. El laísmo es cuando se utiliza la incorrectamente; el loísmo cuando se usa lo indebidamente; y el leísmo cuando se emplea le inadecuadamente. Los tres vicios son muy graves, pues hieren de manera brutal la coherencia gramatical de las frases u oraciones; es decir que carecen de todo sentido. En origen se producen por la confusión entre complemento directo e indirecto, pero la mayoría de hablantes cometen estos lamentables errores simplemente por repetición o imitación de las expresiones erróneas que han memorizado (en negrita porque es lo único que hacen, en lugar de comprender; no suelo emplear las palabras en vano, sin motivo ni razón...) y que no se plantean que sean tales.

Sabiendo la gramática justa para poder construir oraciones comprensibles una persona puede, por intuición y costumbre, no cometer nunca un laísmo o un loísmo; pero el asunto se complica bastante si se ha recibido una educación básicamente laísta, loísta y leísta. Es en esos casos cuando se hace especialmente necesario e imprescindible el conocimiento y tener la voluntad auténtica de querer hacer las cosas bien. Para aprender a emplear correctamente los pronombres átonos de tercera persona de manera ha de saberse qué son los complementos directos e indirectos y cuáles son sus diferencias y qué aportan a las oraciones. Como hay muchos manuales que explican este tema desde un punto de vista técnico, voy a intentar explicarlo con ejemplos, para que pueda conseguirse de manera intuitiva y rápida, además de dar algunos «trucos» y datos que pueden ayudar:

Él la (correcto: le) dijo que no la amaba.
Lo (correcto: le) he dado una carta a él.
A ustedes les (correcto: los) vi ayer.


Cuando alguien dice oraciones con errores de tan enorme calibre, cualquiera puede entender otras cosas diferentes a lo que el emisor quería expresar realmente. Sin embargo, normalmente podemos intuir el significado auténtico por el contexto —si, como en muchos casos, hay referencias suficientes—, pero no es, en absoluto, una manera eficaz, adecuada, coherente, inteligente ni recomendable de comunicarse. Los laísmos, loísmos y leísmos deben evitarse a toda costa; ser de regiones laístas, loístas y leístas no es excusa. Una cosa son los regionalismos, y otra muy diferente la negligencia gratuita e impune.

Si alguien dice, por ejemplo, *Él la pegó, podemos preguntarnos fácilmente: «¿Dónde y cómo la pegó? ¿En la silla y con pegamento?». Si dice *La pegó en la cara, podríamos pensar: «¿En qué cara la adhirió?». Todo es confusión, incoherencia y sinsentido. En cambio, si alguien dice: Él le pegó, todo se entiende perfectamente. No es obligatorio especificar a quién pegó, o si pegó a un hombre o a una mujer, sobre todo si en alguna parte del contexto ya se explica; pero si se concreta en la misma oración, puede decirse, por ejemplo, Él (le) pegó a Carmen.

También hay que considerar que muchas veces el pronombre no es necesario, y ni siquiera adecuado; por ejemplo, es mejor decir Él pegó a Pepe en lugar de la recargada y vulgar frase Él le pegó a Pepe, ya que el le significa ‘a Pepe’, por lo que sería algo como *Él a Pepe pegó a Pepe; mejor decimos Él le pegó o Él pegó a Pepe.

Una manera sencilla de comprobar intuitivamente qué pronombre es el adecuado en cada caso —y evitar, así, indeseables errores— es cambiar fragmentos de la oración dudosa:

Como la oración
*No debes decirlo (a José) esas cosas
no es correcta, entonces la oración
*No debes decirla (a María) esas cosas
tampoco es correcta
; debería ser
No debes decirle (a José) esas cosas
y
No debes decirle (a María) esas cosas.

El problema de este método es que si una persona es laísta y loísta a la vez, no le sirve de mucho, sobre todo si tiene una intuición lingüística mala. En esos casos no hay más opción que conseguir un conocimiento lingüístico mínimo, preferiblemente complementado con abundantes lectura buena y escritura esmerada, especialmente en lo que a gramática se refiere para conocer todos los elementos que constituyen las oraciones, qué funciones tiene cada uno y cómo se emplean correctamente.

Excepción leísta

Actualmente se admite, por su uso incluso entre personas de ciertas regiones consideradas cultas, el leísmo para el masculino singular; pero, evidentemente, siempre es preferible emplear la forma adecuada en cada caso:

No le (mejor: lo) mates (a él).

*No le (correcto: la) mates (a ella).

No le mates la mascota (a él o a ella).

Como puede observarse bien en el último ejemplo, el uso de uno u otro pronombre depende en muchos casos del carácter transitivo o intransitivo de la frase. Pero eso es ya un poco más técnico y no quiero complicar siquiera un poco mis explicaciones para que cualquiera con algo de voluntad para ello pueda entenderlas independientemente de su nivel lingüístico.

Para más información, consulta, por ejemplo, la página electrónica de la Real Academia Española, donde pueden consultarse gratuitamente versiones en línea del Diccionario de la lengua española y el Diccionario panhispánico de dudas y una sección de respuestas a las preguntas más frecuentes, en la que se encuentra una amena y útil explicación sobre muchos temas lingüísticos, este del laísmo, loísmo y leísmo incluido. Además, hay casos excepcionales —o que aparentan serlo— dentro de la norma que, en caso de duda al emplear los pronombres, deben consultarse en alguna fuente fiable para asegurar su empleo correcto.

Aparentemente es lógico pensar que ha mejorado mucho el nivel de conocimiento lingüístico en la sociedad estas últimas décadas. Espero que sea cierto y que mejore mucho más; aunque, visto lo visto, lo dudo seriamente... Siempre habrá una mayoría extremadamente ignorante y sin interés por aprender al menos lo más útil, lo vital. Lo peor que puede hacer un laísta, loísta o leísta es, evidentemente, no querer enmendar esas graves incoherencias gramaticales; eso es incluso peor y más intolerable todavía que esos mismos errores. Rectificar es de sabios.

Última edición: 25 de mayo de 2014.

22 de junio de 2009

Queísmo y dequeísmo

Bueno, creo que ya va siendo hora de volver a hablar sobre temas lingüísticos. En realidad siempre es muy necesario y recomendable, pero no conviene agobiar demasiado (pero demasiado es un término muy relativo, como todo en esta vida...). Aunque únicamente aprende el que realmente quiere aprender, y solo escribe y habla mejor el que realmente quiere...

Hoy me centraré en explicar un tipo de error que se encuentra entre los más frecuentes en ámbitos no demasiado cultos: la adición o supresión arbitraria de la preposición de cuando confluye con que.

Para utilizar adecuadamente las preposiciones de manera intuitiva es necesario comprender de verdad cada palabra y oración. La que más confusión crea es, aparentemente, la preposición de, que se añade y se elimina a diestro y siniestro, sin criterio. A la mayoría de estos errores se los llama dequeísmos (preposiciones de indebidamente agregadas) y queísmos (preposiciones de indebidamente suprimidas), aunque este tipo de error también se produce a veces en otros casos en los que que no está presente.

Veamos: si se habla imitando, es decir, repitiendo lo que se oye durante toda la vida, sin entender realmente ni pensar en lo que se dice, es muy fácil equivocarse. Y es lo que hace casi todo el mundo. Es fundamental saber suficientemente lo que se dice y se escribe, entender las palabras, frases y oraciones. Así que el primer paso va a ser analizar mejor el código, la lengua, en este caso el español o castellano. Si no se tiene facilidad natural, puede ayudar mucho leer textos buenos y utilizar el diccionario muy a menudo, con cualquier duda, además de aprender otras lenguas —con suficiente control normativo...— y, sobre todo, escribir mucho; escribir intentando seriamente hacerlo lo mejor posible es lo que más ayuda a aprender, ya que la duda es el amanecer del aprendizaje, la búsqueda es el mediodía y la comprensión es la noche. Los ejemplos también ayudan mucho a entender conceptos rápidamente.

Ejemplos de queísmo (falta de ante que):

*Me alegro que hayáis venido.
*Me olvidé que tenía que llamarte.
*No cabe duda que es un gran escritor.
*Pronto cayó en la cuenta que estaba solo.
*Nos dimos cuenta que era tarde.

Ejemplos de dequeísmo (sobra de ante que):

*Me alegra de que seáis felices.
*Es seguro de que nos quiere.
*Le preocupa de que aún no hayas llegado.
*Es posible de que nieve mañana.

Hay un «truco» que puede ayudar mucho a evitar queísmos y dequeísmos, y es hacerse una pregunta con un fragmento de la oración donde se encuentra la duda, tal que así:

La oración *He soñado de que comíamos mantecados en Navidad es incorrecta. Deberíamos preguntarnos y autorrespondernos: «Qué he soñado? Que comíamos mantecados en Navidad». La oración correcta es, pues, He soñado que comíamos mantecados en Navidad.

La oración *No se da cuenta que esa no es manera de comportarse es incorrecta. ¿De qué no se da cuenta? De que esa no es manera de comportarse. No se da cuenta de que esa no es manera de comportarse.

Hay más maneras de comprobar si la preposición de es necesaria:

No se da cuenta de que esa no es manera de comportarse.
No se da cuenta de eso.


En ninguna de las dos formas podría suprimirse la preposición de, pues la oración carecería de un fragmento importante de significado, estaría mal construida o sin acabar, el mensaje sería incoherente o incompleto. En lingüística suele ayudar mucho, en caso de duda, cambiar las cosas de sitio o de forma para comprobar si las expresiones u oraciones tienen sentido y evitar, así, indeseables errores.

Sea cual sea la preposición dudosa, siempre es cuestión de prestar un poco más de atención al código con el que nos comunicamos. En estos casos concretos, el propio verbo siempre requiere o rechaza preposiciones: es muy fácil detectarlo intuitivamente. Si se dan casos en los que aun probando estos «trucos» se duda sobre la preposición adecuada, es recomendable consultar alguna fuente fiable, como la página electrónica de la Real Academia Española.

En fin, me despido una vez más y te deseo mucha felicidad. ¡Hasta la próxima!

21 de febrero de 2009

deber/deber de; a ver/haber

Te invito a leer este breve artículo con el fin de ampliar o asegurar tus conocimientos lingüísticos, que se utilizan constantemente y conviene mucho que sean adecuados y correctos. No es difícil en absoluto; únicamente es necesario un poco de interés por la mejora personal e incluso la social.

Ya que al fin me he decidido a dedicar el primer artículo en mi bitácora al conocimiento lingüístico, empezaré con uno de los errores más frecuentes y que más nos duele oír o leer a las personas que sabemos que lo es. Se trata de las ignoradas diferencias y las confundidas similitudes entre deber y deber de. El intercambio arbitrario de estas dos expresiones es un vulgarismo relativa y lamentablemente frecuente, y, sin duda alguna, de los peores, ya que cambia el significado de las oraciones y las hace, en muchos casos, incoherentes. Para evitarlo, voy a explicar las diferencias y similitudes entre deber y deber de, empezando con algunos ejemplos:

Este debe de ser el error del que me habló Juan; no encuentro otro.
Deberías tener más cuidado con tu salud; cualquier día nos darás un susto.
El libro debe de estar en la estantería; si no está, significa que lo hemos perdido.
El libro debe estar siempre en la estantería; si no, acabaremos perdiéndolo.


• El verbo deber denota obligación.

• La secuencia o expresión deber de denota probabilidad, suposición, etc.

Así pues, la preposición de tiene mucha importancia una vez más, ya que cambia totalmente el significado del mensaje. Hay un sencillo «truco» que puede ayudar si no se sabe discernir todavía entre deber y deber de en todos los casos: la norma culta considera que es aceptable emplear la forma sin preposición para ambos significados. Es decir, si en todos los casos se omite la preposición de, pueden evitarse muchos errores. Claro que teniendo dos expresiones con dos significados distintos y diferentes es absolutamente preferible emplear la forma correcta y adecuada en cada caso; así pues, esta pequeña ayuda debe ser considerada como recurso en casos de duda y urgencia, nunca como la norma.

Para más datos, existen casos —que tienen poco que ver con lo explicado anterioremente y no deben confundirse— en los que la preposición de va después del sustantivo deber. Por ejemplo: Tenemos el deber de proteger a nuestros seres queridos.

Bueno, pasemos ya al siguiente tema de hoy. El error del que voy a hablar a continuación es uno de los más graves, pero, como casi siempre, tiene una increíblemente fácil solución; únicamente hace falta lo de siempre, un poco de interés, voluntad de aprender y comprender y respeto hacia la lingüística, los demás y uno mismo. Se trata de la diferencia entre haber y a ver. Por un momento creí que ya nadie cometía este error, pero navegando por Internet lo pude contemplar, con gran horror, repetidas veces... Supongo que se ve clarísimo que a ver es una secuencia formada por dos componentes: una preposición y un verbo, y haber es, simplemente, un verbo. La confusión entre ambas expresiones puede ser consecuencia de no disponer de comprensión ni muchos conocimientos lingüísticos. Pero todo tiene solución.

Sin más preámbulos, copio directamente de la página de la Real Academia Española, ya que lo explican muy bien:

Aunque a ver y haber se pronuncian de la misma forma, deben distinguirse adecuadamente en la escritura.

a) a ver

Se trata de la secuencia constituida por la preposición a y el infinitivo verbal ver:

Vete a ver qué nota te han puesto.
Los llevaron a ver los monumentos de la ciudad.


Como expresión fija, presenta distintos valores y usos:

• En tono interrogativo, se emplea para solicitar al interlocutor que nos deje ver o comprobar algo:

—Mira lo que he comprado. —¿A ver?

• Expresa, en general, expectación o interés por saber algo, y va normalmente seguida de una interrogativa indirecta:

A ver cuándo nos dan los resultados.

• Se utiliza para llamar la atención del interlocutor antes de preguntarle, pedirle u ordenarle algo:

A ver, ¿has hecho lo que te dije?
A ver, trae el cuaderno.


• Equivale a claro o naturalmente, como aceptación de algo que se considera inevitable:

—Pero ¿al final os vais? —¡A ver! Si no lo hacemos, perdemos el dinero de la reserva.

• Delante de una oración introducida por la conjunción si, expresa, bien expectación, curiosidad o interés, a veces en forma de reto; bien temor o sospecha; bien deseo o mandato:

¡A ver si adivinas lo que estoy pensando!
A ver si te caes.
A ver si eres más organizado de ahora en adelante.


• En muchos de estos casos la secuencia a ver puede reemplazarse por veamos, lo que pone de manifiesto su relación con el verbo ver y no con el verbo haber:

A ver con quién aparece mañana en la fiesta [= Veamos con quién aparece mañana en la fiesta].
A ver si te atreves a decírselo a la cara [= Veamos si te atreves a decírselo a la cara].

b) haber

Puede ser un verbo o un sustantivo:

• Como verbo, haber se usa como auxiliar, seguido de un participio, para formar los infinitivos compuestos de la conjugación:

Haber venido antes.
Tiene que haber sucedido algo.
Sigo sin haber entendido lo que ha pasado.


También se emplea como infinitivo del verbo impersonal que denota la presencia o existencia de lo designado por el sustantivo que lo acompaña:

Parece haber un chico esperándote en la puerta.
Tiene que haber muchas cosas en el frigorífico.


Creo que por hoy ya es suficiente...

Posiblemente ya sabías todo esto, pero nunca está de más reafirmar conocimientos y refrescar la memoria. Si no lo sabías, te animo a que mejores tu forma de escribir y, por ende, de hablar. ¡Recuerda que una persona con un buen conocimiento escrito siempre hablará bien! Además, ¡no hay nada como disponer, disfrutar, gozar y hasta presumir de un conocimiento sólido y extenso! Es una verdadera alegría.

Estoy convencido de que para lo que cuesta aprender estas cosillas —nada—, merece mucho la pena. No se trata de saberse absolutamente todas las reglas, sino de ser una persona suficientemente culta y con sentido común. No se trata de estar vigilando lo que dices en todo momento, sino de saber cómo hablar perfectamente cuando lo necesites o lo desees, y saber escribir bien siempre, de usar el sentido común.

Hay que hablar con conocimiento y propiedad para asegurar una buena comunicación y evolución de las lenguas. Hay que mantener el significado y el sentido. ¡No permitamos que nuestras queridas y útiles lenguas dejen de tener algo razonable y congruente que decir! También te invito a animar a los demás a hablar y escribir mejor.

Si tienes alguna pregunta, no dudes en consultarme o visitar la página de la Real Academia Española, en la cual se explica todo lo necesario acerca del uso de la lengua española.

¡Hasta la próxima!


Última actualización: 29 de marzo de 2013.

9 de diciembre de 2008

La verdad

Hoy, en mi segunda entrada, voy a escribir sobre un tema muy importante que ya empecé a mencionar en la primera. Es un tema metafísico, abstracto, pero que hay que tener muy presente en cada momento.

La verdad es una palabra, un concepto creado por el ser humano para referirse a la imposibilidad de negar hechos absolutos e inexorables.

Pero ¿cómo sabemos que algo es de una manera y no puede ser de otra? ¿Cómo podemos saber que algo es totalmente cierto? Es sencillo: cuando no podemos demostrar lo contrario por falta de capacidad. Entonces, ¿la verdad es ignorancia? En cierto modo, sí. Un ser inteligente siempre tiene limitaciones, así que también las tiene en las capacidades mentales. El hombre posee un cerebro mucho más complejo y capaz que el de cualquier otra especie de este mundo, pero eso no significa que sea potente. Tenemos mucha tecnología, ciencia, filosofía..., pero realmente no sabemos nada. Tan solo conocemos parcialmente lo que tenemos al alcance de la mano o hemos creado nosotros mismos.

Consideramos que algo es verdadero cuando nuestra mente no encuentra otra explicación o solución, cuando no puede negar algo... En definitiva, cuando se toma por absoluto e indiscutible. Pero eso no significa que lo sea realmente. Todo se basa en puntos de vista, situaciones y conocimientos. Todo depende del punto de vista desde el que se mire. No existe la verdad absoluta por la sencilla razón de que para conocer, es necesario tener un cerebro o un sistema que lleve a cabo funciones similares, una mente, que siempre va a estar basada en percepciones y puntos de vista, según el contexto de la misma. Por consiguiente, hay infinitas verdades, infinitos puntos de vista, no hay nada seguro por completo. Es por eso que siempre me niego a tomar como absoluta cualquier cosa. Todo es cuestionable y relativo. Incluso este texto, que explica la verdad con verdad, no es verdad. Solamente es verdadero para la mente humana, y no para todos, pues puede haber ciertas personas que discrepen.

Así que un consejo: nunca te aferres ni lo apuestes todo a un argumento, por más razonable y verdadero que parezca, ¡porque todo puede cuestionarse siempre!

La verdad es como la realidad: no hay una, sino infinitas; tantas como puntos de vista. Por todo esto, no puedo entender cómo es posible que haya tanta gente terca a más no poder, que por más explicaciones y razones que se le dé nunca abre su mente y comprende. Son personas que discuten siempre por todo y con todos, sin llegar nunca a ninguna conclusión, hecho que los lleva siempre a un ciclo destructivo de empeoramiento personal.

El objetivo de una discusión no debe ser nunca que el oponente acabe pensando como tú y te lleve la razón, sino, contrastando opiniones y conocimientos, acabar dando con una conclusión lo más cercana posible a la verdad humana.

Creo que ya ha quedado bastante claro lo que quería explicar, así que no hace falta que me extienda innecesariamente. Todo esto es fruto de mis disertaciones personales y los conocimientos sobre filosofía y demás materias recibidos en el instituto, además de los conocimientos obtenidos autodidácticamente.

Espero que algún día alguien lea mis entradas y esté, aunque sea mínimamente, de acuerdo con mis puntos de vista, que, lógicamente, para mí son los más correctos y acertados y creo que para cualquier persona con una cierta cultura e interés; o, aunque no lo esté, que los respete y considere. Y si no hay nadie que las lea, ¡al menos habré desarrollado una actividad personal, que me ayudará a tener más riqueza interior, si cabe!

6 de diciembre de 2008

Primer día

Me llamo Sergi y esta es mi primera bitácora formal. Tengo una habilidad innata con las lenguas, hecho que me ha incitado a interesarme por aprender por mi cuenta y así obtener infinidad de conocimientos lingüísticos, además de poseer las enseñanzas recibidas en el colegio y el instituto. Supongo que esa es la razón por la que me gusta escribir, aprender más y mejor lingüística y divulgar esos conocimientos, además de expresar mis opiniones más allá de la vida cotidiana. Aunque esto de explicar mis pensamientos en una bitácora creo que es, más bien, consecuencia de ver día tras día el comportamiento de la gente.

Quizá soy demasiado perfeccionista; es posible, pero es muy cierto que muchos, quizá demasiados, no hacen lo que deben hacer. Por eso siento la necesidad de cavilar y discurrir sobre temas que deberían preocuparnos o al menos interesarnos a todos. Yo tampoco soy perfecto, ni mucho menos, pero la llave de la mejora personal está en los demás. Por eso debemos interactuar adecuadamente.

Mi intención es, además de poder expresarme libre y —más o menos— públicamente, intentar cambiar siempre a mejor, aunque sea poco, la forma de pensar de las personas, con el fin de vivir todos, por consiguiente, en una sociedad mejor. Sé que es algo muy presuntuoso y complicado, pero aun así tengo esperanzas de que las pocas personas que lean mis textos estén de acuerdo con lo que pienso y también intenten hacer de este mundo un lugar más correcto, adecuado, agradable, rico, maravilloso y amable.

Quizá te preguntes: ¿a este muchacho qué le importa lo que haga la gente? Pues muy sencillo: cada acción que realiza cada persona influye en su entorno y, por ende, en el prójimo. Cada acción, cada elección, cada detalle, cada pensamiento, cada sentimiento afecta al presente y al futuro, tanto inmediato como a largo plazo. Lo que quiero es que el futuro sea mejor para todos, dentro de nuestras posibilidades. Nosotros somos los únicos que podemos destruir o conservar todo lo que merece la pena.

Pero no todo lo que escribiré son quejas y reproches. De hecho, únicamente escribiré tales cosas cuando vea u oiga algo digno de protesta y que pueda decir algo al respecto por mis conocimientos. Metafísica, metalingüística, política, informática, psicología, ética... Escribiré sobre cualquier tema del que pueda decir algo interesante y constructivo. Pero siempre será mi opinión personal —excepto en lingüística, que tiene normas oficiales establecidas—, que puede ser muy cercana a lo que entendemos por verdad (ya escribiré sobre la verdad...) o bastante lejana —aunque siempre suelo acercarme lo suficiente—. Si no estoy muy seguro de algo —es decir, si no tengo pruebas, o no puedo demostrarlo de ninguna manera—, no lo digo. Lo último que quiero es equivocarme. Los errores nos educan y nos enseñan mucho, pero todos tienen consecuencias más o menos indeseables.

Creo que para ser mi primer texto aquí no hace falta que me extienda más. El que lo haya leído entero ya sabe de lo que estoy hablando; el que no, probablemente nunca consiga aprender a pensar de la mejor manera humanamente posible. Aprecio mucho a las personas que saben comprender y respetar a los demás, darles su opinión y compartir conocimientos.

¡Bienvenidos a mi bitácora!